Los noventa me pillaron en el instituto. Como cualquier estudiante de aquellos tiempos, y aunque jamás fuí diagnosticado, adolecía de adolescencia.
La tiranía de las hormonas, la del grupo, la del amor, fueron cincelando mi personalidad y despojando de inmadured aquél duro granito.
Ningún caballero, bien de COU o bien de BUP, carecía de pendón. Ningún infante, por adelantado que fuese, osaba recibir la sirena de clase si su escudo de armas. Hablo de su clasificador.
Y no lo recordaría si no hubiese trascendido de su vil taréa de transportar folios. Tampoco si sólo hubiese evolucionado de su estadio de contenedor de conocimiento académico, ni aún si no hubiese sido lienzo raspado de corazones atravesados por flechas.
Recuerdo la forma en que proyectaba cada bisoño y núbil estudiante su personalidad en sus cartones. Recuerdo cómo lo plagaba de corolarios y epitáfios de ilusionies perdidas. Cómo las fotos de couché empapelaban pastas, trababan amistades y desambiguaban pareceres y personalidades.
¿Cómo empapelaría ahora mi clasifidor? -sonrío-. Creo que insertaría seguro las siguientes fotos:







La edad otorga el don desencarnar mitos, de separar la paja del resto, de tamizar el gurú y filtrar al hombre. Salvando estas distancias de rigor, aún me permito creer en ciertas personas. Hacer un esfuerzo ímprobo de ingenuidad para merecer que la gente me embelese.
¿Cómo empapelarías tú tu clasificador de adolescente?