La fina barrera entre el honor y el orgullo

El orgullo es, para la moral judeocristiana, un pecado capital. Es, para ellos, uno de esos errores por los que tu alma deberá arder en el tormentoso infierno hasta el infinito.

En Occidente, Siglo XXI, el orgullo es uno de esos sentimientos mezclados, que nos traen las peores consecuencias para nuestras relaciones sociales.

¿Cómo diferenciar una afrenta de honor de, simplemente, el rencor orgulloso?

El orgullo suele aparecer mezclado con la ira. El dolor es muy agudo al principio pero las heridas cicatrizan rápido. Por el contrario, el daño al honor es más leve pero constante. Las heridas suelen ser menos profundas aunque cicatrizan peor.

El ardor de venganza es un claro síntoma de orgullo. En cambio, la serena tristeza aparece más frecuentemente en un honor dolorido.

Ambas sensaciones requieren altas dosis de lucided, sin embargo, un orgullo ofendido suele desembocar en reacciones violentas, de consecuencias destructivas, para el mismo ofendido. Las deudas de honor suelen provocar acciones severas y contundentes, pero de dimensiones y firmeza controladas.

La penosa tendencia actual es que el orgullo gane terreno al honor en las personas de nuestra sociedad. El honor es algo que ha de labrarse con paciencia y fortaleza. El orgullo, por el contrario es de acceso fácil e inmediato.

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